jueves, 8 de enero de 2015

La doctrina Xi deja el bajo perfil de Deng

Lotta Comunista/El Internacionalismo, Noviembre 2014


Oposición proletaria al imperialismo unitario

No existe tendencia sin contratendencia. La lógica formal no logra concebir que los dos momentos coexistan aunque para la lógica dialéctica precisamente el entrelazamiento contradictorio de tendencias y contratendencias, su actuación recíproca, encarna el proceso real de movimiento. El imperialismo unitario avanza por unidad y escisión: la unidad del interés general de la clase dominante en garantizar las condiciones de la producción de plusvalía y la escisión de las cuotas del capital social individual, de los grupos y de las fracciones y de las potencias políticas que se quedan agarradas, en competencia entre ellas para repartirse aquella plusvalía o en competencia para determinar las esferas de influencia. Pero los dos momentos no están yuxtapuestos mecánicamente uno con el otro.

La unidad en su movimiento implica la escisión, en el sentido de que el desarrollo imperialista es desarrollo económico y político desigual, que genera o transforma nuevas potencias y muta las correspondientes relaciones en la balanza de todas las potencias. Y la escisión forma parte del proceso que define la unidad, en el sentido de que la posición particular y distinta de una cuota de capital o de una única potencia forma parte del enfrentamiento con el cual se definen sistemas y equilibrios de las relaciones inter-imperialistas y de la balanza de potencia. El desarrollo del imperialismo unitario divide las potencias; la división de las potencias define las nuevas condiciones de la unidad. Hasta que la escisión es crisis parcial y la mutación de balanza está limitada, eso se produce con métodos pacíficos o conflictos limitados; cuando hay crisis general y la ruptura del orden, la guerra imperialista define los nuevos equilibrios.

Ya remitimos a un pasaje de Arrigo Cervetto de diciembre de 1982 en el cual se examinan los distintos resultados posibles en el sistema internacional como consecuencia de la emersión de Japón como potencia política imperialista. El ascenso político de una potencia es un caso ejemplar para las circunstancias de la nueva etapa estratégica. Japón no podía permanecer ajeno a la «nueva contienda», escribe Cervetto: ésta estaba encaminada a definir «las futuras esferas de influencia». Por consiguiente, Tokio debía dotarse de herramientas políticas y militares correspondientes, debía «atribuir a su Estado imperialista toda la fuerza política necesaria». En abstracto, señala Cervetto, las demás potencias no tienen interés en que se afirme un nuevo competidor. «Sin embargo en la práctica, luego, cada potencia tiene  interés en jugar con más cartas al establecer alianzas, en aflojar sus alianzas, en explotar sus alianzas o en evitar cualquier alianzas».

Tengamos en cuenta esta pluralidad de resultados –las potencias consolidadas que convierten el empuje de Japón en la posibilidad de «establecer», «aflojar», «explotar», «evitar» alianzas– en la analogía hoy con la irrupción de China. Añadimos que esta posibilidad plural vale también desde el punto de vista de la China emergente: también Pekín utiliza su propio empuje para «establecer», «aflojar», «explotar», «evitar» alianzas. Es decir, precisamente, empuña la escisión para pactar las condiciones de la unidad.


Hugh White es una voz valiosa en el debate de política internacional en Australia, donde es profesor de estudios estratégicos y donde ha ocupado cargos en el Ministerio de Defensa. En Chinafiles, revista online del Centro para las Relaciones EE.UU.-China de la Asia Society de Nueva York, sostiene que los EE.UU. no han respondido a la línea Xi, enunciada el año pasado en la cumbre de Sunnylands en California, para un «nuevo modelo de relaciones entre grandes potencias». Nuevo modelo significa que China no acepta el viejo modelo, quiere «un nuevo orden en el cual China juegue al menos un papel igual de liderazgo con los EE.UU., y tal vez mayor». Hasta la fecha Barack Obama y su Administración han rechazado «tomar en serio las ambiciones de Xi». Supusieron que China pudiese convencerse de dejar el desafío al liderazgo estadounidense, «si los EE.UU. hubiesen señalado con calma su determinación a resistir a cualquier desafío». Según White el «pivot», el reajuste estadounidense respecto a Asia, pretendía enviar esta señal, pero ahora está claro que eso «no ha funcionado». En lugar de regresar, China ha elevado el desafío, como en el Mar Chino Meridional o con nuevas iniciativas tipo la AIIB, el proyecto de un banco para la financiación de infraestructuras en Asia que rivalizará con la ADB de marca nipona-estadounidense. Pekín «está tratando de enseñar a Washington que está determinada para cambiar el orden regional en Asia al menos cuanto los EE.UU. lo están para preservarlo».

En la cumbre de California, Obama pareció pretender que eso no estuviese ocurriendo; en lugar de discutir con Xi del «nuevo modelo» de relaciones, se dirigió a cuestiones específicas suponiendo que pudiesen ser solucionadas «dentro del viejo status quo». Pero Xi por su parte se negó a debatir sobre cuestiones específicas hasta que no hubiese sido encarado el marco general del sistema de relaciones. En este sentido para White aquella cumbre ha de considerarse «fracasada».

¿Cómo valorar el nuevo encuentro entre Xi y Obama, tenido al margen de la conferencia del APEC en Pekín? Mientras la cumbre entre los países de Asia-Pacífico fue una divergencia en la proyección política internacional de China, con el abandono del «bajo perfil» de Deng Xiaoping, en el campo específico de la relación entre Washington y Pekín no parecen haber novedades sustanciales. Por lo demás es muy raro que una única cumbre pueda marcar un viraje: cuando eso ocurre, como fue para Nixon y Mao y para el «comunicado de Shanghái» entre Henry Kissinger y Zhou Enlai, el acontecimiento marca la historia, y de todos modos reúne y sintetiza tendencias maduradas durante los años.

La ambivalencia de la relación entre los EE.UU. y China no se ha solucionado, y es improbable que lo sea durante un largo lapso de tiempo. El hecho que prosiga el debate sigiloso sobre el «nuevo modelo de relaciones entre grandes potencias» suena a confirmación. White procede de una escuela importante en el debate asiático, y muestra que tiene interlocutores en China. Su subrayado sobre la doctrina Xi está en el centro de los comentarios chinos sobre la cumbre APEC, con dos especificaciones que aclaran el contenido de aquella fórmula: con la idea del «nuevo modelo de relaciones» China pide consideración mutua para los intereses vitales de cada potencia, y eso significa una relación de paridad política entre los EE.UU. y China.

Wang Yiwei, jefe del Instituto para los asuntos internacionales de la Universidad Renmin de Pekín, escribe en Global Times que continúa entre los Estados Unidos y China una divergencia de percepción por lo que respecta a la relación sino-americana. Pekín «ve más allá del presente», piensa en relaciones en las cuales los EE.UU. y China comparten la responsabilidad de poner la «piedra angular del orden mundial». El sistema político estadounidense, en cambio, deja poco espacio para planes de largo plazo, la corriente más crítica opina que China sólo quiera «ganar tiempo» para obligar en el futuro a los Estados Unidos a renunciar a su papel de liderazgo global. Pese a que el declive estadounidense sea ampliamente reconocido, Washington confía todavía en su propia fuerza, y «no considera a China a la par de forma que eso conlleve el respeto de los intereses vitales chinos».

Siempre Global Times, voz extraoficial de los dirigentes chinos, escribe que Pekín no quiere dominar la región de Asia-Pacífico, sino que no seguirá el liderazgo estadounidense en la medida en que se vean afectados sus propios intereses vitales. Sólo recientemente China ha iniciado a pensar en las reglas y en el orden internacional: «a medida que los intereses vitales chinos se expanden a nivel global ella tiene el derecho de hablar para sí». China «no quiere volcar el actual orden global, sino espera que él pueda tener en cuenta el mundo en mutación y considere los intereses de todas las partes, China incluida». Los Estados Unidos «quieren dirigir al mundo pero no tienen la fuerza»; no existe hegemonía global que pueda eliminar la pluralidad de fuerzas del mundo, «y los EE.UU. no son la excepción».


Aunque con distintos matices, los comentarios occidentales confirman la persistente ambivalencia de la relación entre Washington y Pekín, junto con la evaluación de un rápido movimiento diplomático de China. La cumbre de Pekín y las iniciativas hacia Japón, Corea, Rusia y Australia, y también el plan de un área liberalizada extendida al APEC contrapuesta a la iniciativa TPP promovida por los EE.UU., en el juicio del Wall Street Journal marcaron una «semana relámpago» de la política china.

Según Nicolas Baverez del Figaro, la cumbre APEC ha consagrado el «papel mundial» de China, respecto a los EE.UU. disminuidos y divididos; según el Washington Post tal vez las «naciones indispensables» para el orden mundial ahora son dos. Si para Le Monde Pekín considera alcanzado el «nuevo tipo de relaciones entre grandes potencias», el New York Times se hace eco de las muchas reservas estadounidenses. Para Kenneth Lieberthal, quien dirijo la política para China en el Consejo de seguridad de Bill Clinton, la Administración Obama no pone en duda de que está en curso «una mutación en la balanza de potencia» y de que los EE.UU. y China tienen que evitar situaciones que den lugar a un conflicto. Pero Washington rechaza la afirmación de que una «relación entre grandes potencias» precisa que se respeten los «core interests», los intereses clave de cada país, porque no están claros los términos en que Pekín los define. ¿Se limitan a Taiwán y a las agitaciones regionales en Tíbet y Xinjiang? ¿O bien llegan al Mar Chino Oriental en contienda con Japón, «el más importante aliado de Washington en Asia»? ¿O todavía dichos intereses incluyen el Mar Chino Meridional, donde chocan con los Estados colindantes del Sudeste asiático?

La Casa Blanca no quiere empeñarse sobre un principio que puede tener distintas repercusiones, sostiene Lieberthal, por eso el lenguaje de «grandes potencias» iniciado por Xi es dejado a distancia y la frase sobre el «nuevo modelo de relaciones» no es recogida por los funcionarios estadounidenses. Para los más críticos, la fórmula es una expresión en código para el objetivo de establecer «una nueva esfera de influencia en Asia», con los EE.UU. que deberían reconocer «una silenciosa retirada de la región a fin de minimizar los conflictos». Además, la noción de «grandes potencias» sólo se referiría a China, los EE.UU. y Rusia, dejando con otros Estados regionales también «aliados de EE.UU. como Japón y Corea del Sur».

También Jamil Anderlini, corresponsal desde Pekín del Financial Times, pone en evidencia que la fórmula Xi sobre el «nuevo modelo de relaciones» y sobre la relación paritaria entre «grandes potencias» es rechazada por los funcionarios estadounidenses; las dos versiones de la relación sino-americana mostrarían según su opinión un «choque de excepcionalismo». Para la Frankfurter Allgemeine, en fin, China y los Estados Unidos permanecerán como «socios y rivales»: asociación «limitada» y rivalidad «contenida» se quedarán como la «doble cara» de su relación.

Si es plausible que por un cierto lapso de tiempo esta será la marca de la contienda, lo cierto es que Pekín ya está obligada a abandonar el bajo perfil. Unidad y escisión, en el desarrollo desigual, hacen provisional todo equilibrio.

Lotta comunista, noviembre de 2014
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