viernes, 6 de marzo de 2015

Terrorismo reaccionario, europeísmo imperialista e internacionalismo comunista

Lotta Comunista/El Internacionalismo, Febrero 2015 

Oposición proletaria al imperialismo unitario



Desde hace más de dos siglos París es el intelecto político de Europa; desde hace cincuenta años es uno de los pilares del eje franco-alemán, arquitrabe de la unidad estratégica europea. El ataque terrorista que la ha golpeado requiere una reflexión teórica y política, que vea las implicaciones para el imperialismo europeo y por su directriz de influencia en el Mediterráneo.

Después del 11 de septiembre de 2001, escribiendo sobre el atentado en Nueva York a las Torres Gemelas, encuadramos aquella «pequeñísima guerra» del terrorismo con la noción de «terrorismo reaccionario». Los Estados Unidos habían sido golpeados por un «grupo terrorista de la burguesía de Oriente Medio», pero las consecuencias debían reconducirse a las dimensiones reales de las fuerzas involucradas. La crisis terrorista abría el escenario a intervenciones bélicas regionales, como de hecho poco después pasó en Afganistán y en Irak.

«Terrorismo reaccionario» y «grupo terrorista de la burguesía de Oriente Medio», pero también «pequeñísima guerra» que había de ser medida en las proporciones de las fuerzas en juego, pese al impacto simbólico y planetario de la destrucción llevada al corazón del baluarte financiero de los Estados Unidos. Es útil un resumen de aquellos antecedentes de análisis y de sus instrumentos conceptuales.

Una primera referencia son algunos puntos firmes de nuestro análisis marxista de las luchas por la independencia de las burguesías de Oriente Medio y norteafricanas, y de las relaciones de clase surgidas del ciclo de desarrollo capitalista en la región. En el ensayo “La industrialización colonial” de mayo de 1959, Arrigo Cervetto utiliza precisamente la analogía con los sucesivos asaltos de la burguesía en Francia de 1789 a 1848, y con la consiguiente transformación de la relación con el proletariado. En cincuenta años se pasa «de la unidad con la burguesía y bajo la hegemonía burguesa» al choque abierto, y después de junio de 1848 «comienza la ofensiva política del proletariado y cualquier razón objetiva de alianza con la burguesía falta». El mundo colonial «está hoy en 1789» escribe Cervetto comentando un ciclo de luchas nacionales por la independencia que a finales de los años Cincuenta dejaba prever su conclusión: «cómo y cuándo llegue a su 1848 no podemos saberlo». En la analogía con los asaltos revolucionarios en Francia en el Ochocientos burgués, sin embargo, existía una diferencia con los mismos procesos en el Novecientos imperialista: «1789 y 1848 en el mundo colonial se presentan con sus aspectos particulares y originales ya que también los problemas particulares del desarrollo económico están fuertemente influidos por la etapa imperialista de la economía mundial».

Menos de diez años después, en 1967, la guerra árabe-israelí es una primera comprobación de aquel análisis. Una síntesis de Cervetto, en los años Ochenta, remitía a los artículos de aquel entonces contra «el intervencionismo de izquierda» al lado de la burguesía árabe. En 2001 lo señalábamos así:

«Esta burguesía, criada y subvencionada en los chanchullos con los imperialistas estadounidenses y europeos, añadía la carta rusa a su juego. La tesis, de 1967, era que la lucha del proletariado internacional y, por lo tanto, también de los proletariados árabe e israelí, era prioritaria respecto a la cuestión nacional. El reclamo era a las intervenciones de Lenin sobre las guerras balcánicas, donde los factores nacionales se consideraban subordinados a la confrontación imperialista. Para el marxismo la cuestión nacional no es una cuestión de principio, y su actitud estaba dictado, por el contrario, por el principio de la lucha de clases. Anclándose a este criterio, subrayaba Cervetto, el partido revolucionario no puede ser arrastrado por la correa de transmisión de la cuestión nacional: puede ser reducido al aislamiento extremo pero no puede ser desnaturalizado».

Señalemos que el «principio de la lucha de clases», que es la elección estratégica del internacionalismo, vale también hoy frente a cualquier pretensión de Union sacrée. El criterio de clase es siempre el que garantiza la autonomía política de la vanguardia revolucionaria, en cualquier crisis y en cualquier condición de la lucha política.

Sigamos con nuestro análisis del 11-S. La referencia de Cervetto a Lenin sobre los Balcanes se remontaba a la elaboración de Engels sobre los «pequeños pueblos» sin prospectivas, y a la oposición de Marx y Engels al paneslavismo:

«También en los Balcanes, como luego en Oriente Medio, el progresivo colapso de los grandes imperios vuelve a abrir a minorías y pequeñas poblaciones la ocasión de reivindicaciones nacionales sin futuro. Como no pueden tener por sí mismos la fuerza de impacto bastante para expresar el nivel de violencia de una burguesía revolucionaria, se dirigen al mito –el paneslavismo, creación y herramienta de la reacción zarista– o al terrorismo. Muchas burguesías en el Ochocientos, al igual que un siglo después de muchos jóvenes capitalismos en la formación de los nuevos Estados de la descolonización, expresan corrientes terroristas luego absorbidas. Donde esta fuerza no existe, trozos de la violencia terrorista y del mito ideológico, como paneslavismo y panislamismo, siguen vagando y están sujetos a cualquier utilización. Por eso a la especie política universal del terrorismo democrático, a menudo Oriente ha acercado la variante del terrorismo reaccionario».

«Terrorismo reaccionario», por lo tanto, es una evaluación científica definida, que localiza las consecuencias del fracaso de algunos procesos de unificación nacional, de la imposibilidad de algunas nacionalidades de poseer la masa crítica para una organización estatal independiente, y en definitiva, del juego de otras potencias regionales y de las grandes potencias imperialistas sobre el enredo de estas contradicciones no resueltas.

Hagamos dos observaciones. La primera es que Oriente Medio, en el centro del reparto colonial europeo después de la caída del Imperio Otomano y cofre energético de importancia global en el petróleo y gas, es por definición un campo de enfrentamiento entre las potencias imperialistas. Las condiciones específicas de la «fase imperialista de la economía mundial» que Cervetto recordaba en los años Cincuenta como factores condicionantes para «1789 y 1848 del mundo colonial», aquí significaron una lucha furiosa entre potencias europeas, los Estados Unidos, Rusia y ahora también las nuevas potencias de Asia. La apuesta fue primero el reparto del área y luego la interdicción, a través del juego de balanza, de su unificación bajo una única fuerza hegemónica regional. Acuerdos específicos, como los acuerdos Sykes-Picot de 1916 entre Gran Bretaña y Francia, sancionaron los repartos, y doctrinas específicas, como la «doctrina Carter» de los Estados Unidos en 1980, codificaron como «interés vital» a la «puerta abierta» en el Golfo Pérsico la acción de balanza dirigida a poner a uno contra el otro a los actores regionales.

La segunda observación es que precisamente la guerra de 1967, con la derrota del Egipto de Gamal Abdel Nasser, marca el fracaso definitivo del intento de unificación panarabista. Mientras ya está madura la contradicción de clase de un proletariado árabe e israelí que podría hacer suyo el eslogan de la unidad internacionalista, las burguesías regionales siguen siendo prisioneras de la fragmentación y de las rivalidades mutuas, mientras la renta petrolífera perpetúa las formas políticas del atraso dando contenido capitalista a las supervivencias tribales y dinásticas de las «petro-monarquías» del Golfo. Según Gilles Kepel, en su Yihad: expansión y declive, la derrota de 1967 fue un duro golpe para los Estados del «nacionalismo árabe», minados en su legitimidad. La guerra de 1973 y el aumento de la renta petrolífera, consagrando la «potencia financiera saudí», completarían la transformación, garantizando la expansión internacional de la corriente islamista wahhabita, de matriz puritana y conservadora.

Sobre Arabia Saudí es reveladora la evaluación de Henry Kissinger, en su texto World Order, «orden mundial». Según su opinión, «el gran error estratégico de la dinastía saudí fue la de suponer, alrededor de los años Sesenta hasta 2003, que ella pudiese sostener e incluso manipular el islamismo radical en el extranjero, sin que eso amenazara su propia posición interna», como ocurrió precisamente en 2003 cuando una serie de insurrecciones en la península árabe fue apoyada por la red terrorista de al-Qaeda. Financiando las escuelas del islamismo wahhabita en el mundo, los saudíes tomaron una medida defensiva, transformando a los sostenedores en «misionarios en el extranjero más bien que en el interior del reino». Pero eso tuvo la «consecuencia no deseada de alimentar un fervor yihadista que al final habría amenazado el propio Estado saudí y a sus aliados». Según Kepel, se trató de una manera para defender una «monarquía frágil», proyectándola al exterior «en su dimensión caritativa y religiosa», para alejar los apetitos inducidos por la inmensa renta petrolífera y también para hacer olvidar que el reino se apoya en la «protección estadounidense». De ese modo Arabia Saudí ejerció una influencia que se acerca en la analogía al papel que la Rusia zarista jugó respecto al «paneslavismo reaccionario» a lo largo del Ochocientos. Eso implica que todas las principales potencias, y no sólo el imperialismo estadounidense, actuaron y actúan con las diferentes burguesías de Oriente Medio, y que el terrorismo ha sido un instrumento corriente para todas las facciones.

Volvamos a las fuentes que nos permitieron en 2001 nuestro análisis del «terrorismo reaccionario» y que hoy precisan ser revisitadas y actualizadas. Una segunda referencia fue “La teoría marxista sobre la violencia”, un texto escrito por Arrigo Cervetto en la primavera de 1978, en pleno momento de las convulsiones políticas originadas por el secuestro y el asesinato del líder democristiano Aldo Moro. La primera parte del ensayo es una «crítica a la teoría subjetivista de la violencia». Cervetto refuta la teoría burguesa de la «primacía de la política», y luego la teoría burguesa de la primacía de la violencia, remitiendo a la crítica de Marx al jacobinismo y a la de Engels al «socialismo de la cátedra» de Eugen Dühring. El terrorismo moderno «es fundamentalmente democrático y procede de la concepción jacobina de la acción política». La concepción comunista de la política de Marx y Engels, «después de criticar el Terror de la gran revolución francesa por la presunción fracasada de querer imponer una cabeza política a un distinto cuerpo social, debía inevitablemente chocar contra los epígonos de la concepción democrática terrorista que se desencadenaron durante décadas e influido en el movimiento obrero».

Según Cervetto las teorías burguesas sobre la «primacía de la violencia» en la fase imperialista se convierten en las ideologías de la guerra imperialista; para el proletariado quedar prisionero de esa concepción es un «suicidio», porque siempre se encontrará «a remolque de las otras clases» sin poder fundar una estrategia que «analizando las causas de la política, de la guerra, de la crisis» abra el camino a la revolución. Señalemos que la profundización teórica, en ese momento con el objetivo de encuadrar las ideologías del «terrorismo intelectual pequeño-burgués», hoy es útil para contrarrestar líneas e ideologías del europeísmo imperialista. Basta con pensar en las corrientes que exigen a una Europa movilizada en la «guerra al terrorismo», y la difunden en términos subjetivistas de la guerra cultural, del conflicto de civilización, del choque religioso o incluso sólo de la «identidad» de los valores europeos. Es el criterio materialista el que, en cambio, permite ver las bases sociales tanto del fenómeno terrorista, precisamente el «grupo terrorista de la burguesía de Oriente Medio», como del intervencionismo del imperialismo europeo y de la su política mediterránea.

Una tercera referencia es la segunda parte del ensayo “La teoría marxista sobre la violencia”, esta vez centrado en el análisis concreto del fenómeno terrorista. El estudio del «terrorismo intelectual pequeño-burgués» coloca a lo largo del eje del desarrollo capitalista tanto el terrorismo en las metrópolis y en Italia en los años Setenta como el terrorismo democrático en las nuevas potencias en el área de Oriente Medio. Es un proceso irrepetible que primero en Europa y después en las áreas en vías de desarrollo mueve a millones de hombres del campo a las concentraciones urbanas, y transforma a la pequeña burguesía agrícola no sólo en proletariado sino también en pequeña burguesía urbana, en estratos burocráticos e intelectuales.

En la historia, era la observación de Cervetto, transformaciones tan profundas de las clases y de las estratificaciones de clase dieron lugar a menudo a fenómenos terroristas. Ha existido y existe un terrorismo campesino, donde «la pequeña burguesía agrícola hizo a menudo uso de la rudimentaria arma terrorista contra los grandes propietarios y contra la burguesía financiera, comercial, e industrial». Existe un terrorismo de la pequeña burguesía comercial, contra el Estado y su drenaje fiscal o contra la gran distribución. No era el caso de Italia en los años Sesenta y Setenta, donde «la unidad estratégica de las facciones capitalista-estatales y privadas» garantizaba «el control de la base de masa de los estratos intermedios». El rápido paso del campo a la industria había, por supuesto, determinado una crisis, pero ésta se había convertido sólo en un fuerte aumento de la «espontaneidad obrera» en los años Sesenta. No se habían producido «formas de luchas terroristas en el proletariado», y eso era una «ventaja» que no debía ser dilapidada en absoluto.

El rasgo específico italiano era entonces un «terrorismo de la pequeña burguesía intelectual». Había tenido su origen en la crisis de la escuela, uno de los efectos de la «crisis de desequilibrio» arrancada por el trastorno social, y había brotado de los grupos de los movimientos intelectuales y estudiantiles de 1968 que no habían encontrado colocación en la normalización de los años Setenta.

Todo el cuerpo de ese análisis de 1978 es una línea indispensable para comprender las analogías y las diferencias de los fenómenos actuales aunque, sin embargo, la utilización que se hizo en aquel momento de esos movimientos tiene un rasgo que nos interesa en lo específico. El propio proceso mundial de desarrollo que en las metrópolis del imperialismo en los años 50 y 60 transforma a una parte de la pequeña burguesía en estratos intelectuales, y produce movimientos que tendrán el terrorismo intelectual como residuos de producción, en los países en vías de desarrollo radica en la descolonización y la formación de nuevos Estados. Aquí la regularidad es el terrorismo democrático o el uso de la guerrilla. Pero la competencia entre los imperialismos, entre los Estados Unidos, la URSS y las potencias europeas, se introdujo en aquellas luchas de independencia y usó aquellos estratos intelectuales en operaciones políticas de movilización contra los imperialismos competidores.

De aquellas campañas tercermundistas también se alimentó el terrorismo intelectual, escribe Cervetto, y «también en Italia las ideologías guerrilleras y terroristas de los movimientos de independencia se divulgaron ampliamente por el aparato cultural de la gran burguesía en función de la formación de jóvenes cuadros preparados, también ideológicamente, para la competición con los imperialismos competidores». En otras condiciones, es la conclusión, también la «violencia artesanal» del terrorismo intelectual habría sido enrolada en la «violencia industrial de la guerra imperialista», y «sus mitos habrían llegado a ser los mitos de nuevas generaciones listas para adentrarse en aventuras nacionales».

De este planteamiento extrajimos el criterio de método, el estudio materialista de las raíces sociales de la política y de la violencia política, y también recogimos directrices de análisis a desarrollar y actualizar. Entonces se trató de considerar el ciclo de desarrollo y de maduración imperialista en las metrópolis, que generaba estratos intelectuales y de esos hacía masa de maniobra para la movilización política, en concomitancia con el ciclo en las áreas en vías de desarrollo que empujaba en la contienda a las nuevas burguesías nacionales. De aquí la utilización de aquellas corrientes intelectuales en campañas socialimperialistas, donde los grupos del terrorismo fueron también el resultado no deseado de la amplificación de los mitos guerrilleros y tercermundistas. No sorprende hoy encontrar aquel mismo personal político e intelectual trabajando alrededor de alambiques del europeísmo imperialista, para construir las ideologías de la unidad europea y de la «fortaleza Europa» contra las nuevas amenazas que brotan justo allí donde habían vagado las fantasías guerrilleras de juventud.

Ésta es la línea de análisis desde donde podemos sacar y que, como se puede ver, es muy rica. ¿Cómo se pueden precisar los rasgos sociales y políticos de la crisis terrorista de hoy revelada por los atentados en París?

En otoño de 2005, abordando la «crisis de las banlieues» en Francia, vimos en ellas las raíces objetivas precisamente en la colosal mutación que unió el desarrollo capitalista a lo largo de la orilla del Sur del Mediterráneo con la maduración imperialista y las estratificaciones de la fluencia social en la orilla del Norte y en general en Europa. Un gigantesco proceso de varias décadas de disgregación campesina y de migración –combinado en Francia y en Gran Bretaña con las específicas dinámicas de la descolonización– permitió que una cuota de población inmigrada formase parte integrante de las estratificaciones de clase en Europa. Frente a las diferentes interpretaciones de la «crisis de las banlieues», que empuñaban la cuestión racial y religiosa o enfatizaban las bolsas de marginación social en las periferias, contraponíamos nuestra concepción marxista de la mutación como «mutación de la formación económico-social». Señalamos que a lo largo de las décadas la cantidad de los flujos migratorios se había convertido en una trasformación cualitativa, hasta el punto que «ya la cuota de población inmigrada participa en lo profundo muchos aspectos de la mutación social que no se limitan solo al reemplazamiento del ejército industrial de reserva o únicamente a la presión en los peldaños más bajos de la escala salarial».

Los episodios en las banlieues eran ciertamente regulares al margen de aquellos procesos pero no eran el rasgo prevaleciente, frente a los amplios estratos arrastrados en la fluencia social. Deducíamos que «decenas de millones de inmigrantes significan el asentamiento permanente de nuevas aportaciones de población en los verdaderos estratos profundos del proletariado, entre los asalariados de las grandes concentraciones fabriles o de los servicios, y en este sentido eso deja de ser una cuestión de migraciones, ni tampoco racial, mientras el rasgo prevaleciente llega a ser el de clase».

Es el «principio de la lucha de clases», todavía más vital precisamente en el momento en el cual la disgregación y la degradación de la ideología dominante, por incapacidad o por cálculo, dejan espacio a las discriminantes de los factores de raza y religión. En estos diez años, pese a la crisis de 2008, los procesos migratorios han continuado según tendencias consolidadas, y la ralentización fue menor de cuanto se podía esperar. Combinando los flujos con las presencias de segunda generación, se puede valorar en 60 millones respecto a más o menos 500 la consistencia en la Unión Europea de la población de origen inmigrante.

Es un hecho que los hechos determinantes de la nueva crisis terrorista no han de buscarse allí, en el sentido de que no existe una lucha terrorista que sea una manifestación y un rasgo característico de los estratos asalariados, aunque de origen inmigrante. Por otra parte, en su áreas de gestación, el «terrorismo reaccionario» a menudo evoca en el rasgo social el «terrorismo intelectual pequeño-burgués» de sus precursores europeos. El verdadero hecho nuevo a partir de 2000 ha sido la guerra en Afganistán, la segunda guerra del Golfo y después el ciclo de trastornos políticos y sociales de las denominadas «primaveras árabes», con su derrota y luego la consecuencia de al menos tres conflictos, en Libia, en Siria y en Mali. Una maraña de tensiones inextricables, y un criadero de violencia política que seguirá estando activo durante años. Según el «índice global del terrorismo» elaborado por el Institute for Economics and Peace, cerca del 95% de las 107 mil víctimas por terrorismo registradas en el mundo a partir del año 2000 procede de regiones no OCDE. En 2013, más o menos el 80% de las víctimas estaba concentrado en cinco Estados, cuatro atribuibles al denominado Gran Oriente Medio y a sus guerras –Irak, Afganistán, Pakistán, Siria– y Nigeria. El 5% de la violencia terrorista llega a Occidente desde el Gran Oriente Medio. Allí se combinaron un desarrollo convulso que ha removido los terrones del inmovilismo campesino, el aventurismo de burguesías desastrosas y las intervenciones bélicas de los EE.UU. y Europa que quisieron dirigir equilibrios regionales volátiles y sacudidos por endémicas guerras civiles.

Eso remite a una última línea de reflexión, las claras contradicciones de la ideología francesa, que descubre su incapacidad de comprender y encarar fenómenos que huyen de los mitos del «intervencionismo democrático» en el extranjero, de la «unidad republicana» y a la religión de la «laicidad» del Estado. Es una incapacidad en que vuelven los límites del jacobinismo y su «primacía de la política», criticados por Marx y vencidos sólo por la concepción materialista de la política. Es una pretensión racionalista la idea de que la predicación del principio de la «igualdad» en la República pueda imponer su «cabeza política», y pueda soltar la contradicción de clase que se acumula en las periferias de Francia y Europa. Es una equivocación venenosa sobreponer a las objetivas tensiones sociales la ideología de un conflicto de civilización o religión, en nombre de los principios ilustrados de Occidente. La contradicción está muy clara para la Iglesia católica, que desde hace años formula su oferta política de un suplemento de identidad para sociedades agotadas por el individualismo liberal.

La Ilustración forma parte de la historia de la teoría marxista. Marx y Engels llegan al comunismo a partir del materialismo ilustrado, superando en la crítica límites y contradicciones. Aprisionada en las contradicciones de la sociedad capitalista y luego del imperialismo, la primacía de la política de la Ilustración sólo podía terminar en derrota. Eso vale también para el análisis del fenómeno religioso, tratado con desarmadora ligereza detrás de la retórica de la Union sacrée republicana. Cuando Marx sostiene que «la religión es el opio del pueblo», se está separando precisamente del racionalismo ilustrado, porque ve en la religión el reflejo de las contradicciones sociales. Por eso para Marx la religión es también «el suspiro de la criatura oprimida», y abandonar la consolación ilusoria precisa que se «abandone una condición que necesita de ilusiones».

La teoría materialista permite localizar el «principio de la lucha de clases», y ese es el fundamento del internacionalismo. Hoy vemos que la unidad de todos los proletarios, sin distinción de raza, nacionalidad o religión, no es una genérica aspiración ideal. Es una tarea práctica contra todas las influencias y todas las ideologías, tanto del europeísmo imperialista, del terrorismo reaccionario o de los mitos nacionales de retorno. El internacionalismo comunista es el camino y la solución.

Lotta comunista, enero de 2014
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