lunes, 6 de abril de 2015

Violencia y crisis en los Estados nacionales en el Oriente Medio de la nueva fase estratégica



Oposición proletaria al imperialismo unitario

Oriente Medio arde en una serie de conflictos y guerras civiles que ignoran las fronteras estatales convertidas en arbitrarias; las chispas de la violencia terrorista propagan el incendio hasta lamer las metrópolis del imperialismo, desde siempre involucradas en el área. Se dice que la región va encaminándose a ser una tierra de «Estados fallidos», y que las potencias del «Gran Oriente Medio», la franja que va desde el Norte de África hasta Afganistán, ya son los «Balcanes globales». Es necesaria una reflexión sobre la teoría marxista de la política y de la violencia que se extienda también a la estrategia revolucionaria, para ver cómo durante más de un siglo y medio ha afrontado las cuestiones de las clases y de los Estados a lo largo del eje de desarrollo capitalista.

Marx y Engels y después Lenin, afrontan la tarea de dar una estrategia al movimiento comunista, en dos etapas diferentes tienen que definir los términos de una posición de clase sobre las revoluciones democrático-burguesas y sobre la formación de los Estados nacionales. La cuestión se entrelaza en Europa oriental y en los Balcanes con el declive y luego la caída de tres imperios, el imperio ruso, el imperio austrohúngaro y el otomano. Marx y Engels apuestan sobre grandes nacionalidades que puedan hacer nacer grandes Estados, Alemania, Hungría, Italia, Polonia: todo lo que centraliza la burguesía es favorable a la clase obrera, observarán en 1866 respecto a la «revolución desde arriba» de la unidad alemana. Grandes unidades políticas, unificando el mercado, favorecían el desarrollo de las fuerzas productivas, aceleraban el fin del inmovilismo campesino y posibilitaban la concentración de un moderno proletariado. La concatenación estratégica de la «revolución permanente» unía la lucha de las clases y la lucha de los Estados; el asalto de la burguesía democrática debía ser acosado por el empuje proletario. El enemigo y el baluarte de la contrarrevolución era el imperio zarista autocrático y semifeudal. La perspectiva de una guerra revolucionaria en Rusia será el hilo conductor de las hipótesis estratégicas que Marx y Engels formularán a lo largo de gran parte de la segunda mitad del Ochocientos, a partir de la tempestad de 1848 y luego en las guerras europeas de los años Cincuenta y Sesenta.

En este contexto, junto al apoyo a la unidad alemana y a la independencia de Polonia, Hungría e Italia del zarismo y de los Habsburgo, Engels formulará la tesis de los «pueblos sin historia». Las pequeñas poblaciones y las minorías eslavas fragmentadas en Europa oriental y en los Balcanes por las tres cuñas del Imperio ruso, de Austria-Hungría y de la Turquía europea no tenían prospectivas para constituirse en Estado nacional, y el mito de la unidad eslava que las unía era «paneslavismo reaccionario», instrumento de la influencia rusa y de la contrarrevolución.

No se trataba de una posición apriorística o de principio. Marx y Engels atacaron el paneslavismo en 1848 y en las siguientes décadas porque aquel mito era el instrumento de la Rusia reaccionaria de los zares. Pero el propio Engels, al comienzo de la guerra de Crimea en 1853, siempre en sentido antiruso contemplará la hipótesis opuesta, y sostendrá la posibilidad de una «nación eslava independiente» en el área de los Balcanes dominada entonces por Turquía. La oleada revolucionaria en Europa habría llevado al punto crucial el conflicto entre «el absolutismo ruso y la democracia europea» y el desarrollo capitalista habría ahondado la divergencia de intereses con Rusia; por lo demás «los eslavos meridionales y los griegos de Turquía» ya tenían «mucho más intereses en común con Europa occidental que con Rusia». Cuando hubiese sido completado hasta Belgrado y Constantinopla, en el Mar Negro, el ferrocarril que unía Budapest con los puertos de Le Havre, Ostende y Hamburgo, en el Canal de la Mancha y el mar del Norte, «la influencia de la civilización occidental y el comercio occidental» habrían llegado a ser permanentes «en la Europa suroriental».

Por otro lado sigue siendo verdad, desde la tesis de los «pequeños pueblos», que el desarrollo capitalista necesitaba grandes Estados y grandes mercados unitarios, mientras la fragmentación étnica y religiosa en los Balcanes, además de convertir el principio de nacionalidad y el paneslavismo en un instrumento de Rusia, creaba una confusión casi imposible de desenmarañar. Toda la cuestión de la región quedará marcada durante las décadas siguientes, pasando por las guerras balcánicas, dos guerras mundiales imperialistas –con la breve existencia independiente para los checos, eslovacos y los eslavos del Sur entre los dos conflictos– después por el reparto de Yalta y tras su caída, en 1989, por el «nuevo reparto», con el Este europeo absorbido por etapas en la Unión Europea. Cuando Checoslovaquia y Yugoslavia en los primeros años Noventa son abandonadas, en el intermedio de los dos repartos, acabarán con la secesión entre Praga y Bratislava y en la serie de guerras civiles en Yugoslavia.


Lenin reanudó y desarrolló la estrategia de Marx y Engels sobre la cuestión nacional en la batalla política dentro de la izquierda de Zimmerwald, la oposición internacionalista a la guerra de 1914, cuando se trató de defender el lema del «derecho de autodecisión de las naciones» de las corrientes que lo consideraban superado. La denuncia del imperio zarista como «prisión de los pueblos» será parte integrante de la estrategia internacional de Lenin en la guerra, y unirá el arma política del «derrotismo revolucionario» en el asalto de Octubre de 1917. Al mismo tiempo, sin embargo, la autodeterminación nacional no era para Lenin una cuestión de principio. Marx «estaba a favor de la independencia de Polonia desde el punto de vista de los intereses de la democracia europea», en su lucha contra la fuerza y la influencia del zarismo, escribe Lenin en el verano de 1916: «Lo justo de este punto de vista se confirmó del modo más evidente y práctico en 1849, cuando las tropas feudales rusas sofocaron la insurrección democrático-revolucionaria para la liberación nacional de Hungría». La cuestión era «antes de todo y sobre todo» la lucha contra el zarismo, sólo por eso Marx y Engels estuvieron al mismo tiempo «contra el movimiento nacional de los checos y de los eslavos meridionales», que en 1848-1849 se habían mostrado «avanzadillas rusas».

Sin que fuese desmentido el principio por el cual «no puede ser libre un pueblo que oprime a otros pueblos», aquella batalla de la estrategia de Marx y Engels contenía dos enseñanzas: primera, «los intereses de la emancipación de algunos grandes y grandísimos pueblos de Europa están por encima de los intereses del movimiento de liberación de las pequeñas naciones», y segunda, «la reivindicación de la democracia debe considerarse a escala europea –hoy es necesario decir: a escala mundial– y no aisladamente». Y continúa:

«Las reivindicaciones individuales de la democracia, incluida la autodecisión, no son un absoluto, sino una partículadel conjunto del movimiento democrático (hoy: del conjunto del movimiento socialista mundial). Es posible que, en casos determinados singulares, la partícula esté en contradicción con el todo, y entonces es necesario rechazarla. Es posible que el movimiento republicano de un país sea sólo un instrumento de las intrigas clericales o financieras, monárquicas de otros países; entonces no deberemos apoyar aquel determinado movimiento concreto; pero sería ridículo cancelar por esta razón del programa de la socialdemocracia internacional el lema de la república».

Señalamos que para Lenin había dos criterios dirimentes: el principio de la lucha de clases, dentro de la cual se inscribía el apoyo a las revoluciones democrático-burguesas, y la estrategia comunista internacional, precisamente la prospectiva global del «movimiento socialista mundial». Un escrito que antecede en pocos meses el estallido de la guerra de 1914, Sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación, contiene una indicación de método crucial, indispensable para comprender cómo el planteamiento de Lenin podrá ser retomado, desarrollado y aplicado a la «cuestión colonial» después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Arrigo Cervetto considerará cerrada la etapa histórica del apoyo del movimiento comunista a los movimientos nacionales democrático-burgueses.


Lenin opone a Rosa Luxemburgo, quien había objetado que en ningún programa de los partidos socialistas europeos estuviese contenido el «derecho a la autodecisión», una consideración de método y una de análisis. Es importante «la confrontación entre el desarrollo político y económico de los diferentes países», porque «los Estados modernos tienen una naturaleza capitalista común y una ley común que preside su desarrollo». Este es el concepto de «formación económico-social», señalamos, y de la regularidad de su desarrollo como ley natural. Luego: «Sin embargo es necesario saber hacer esta confrontación. La condición elemental consiste en este caso en aclarar si son confrontables los períodos históricos de desarrollo de los países que se comparan». La formación económico-social capitalista, señalamos de nuevo, tiene sus regularidades que pueden ser investigadas con el instrumento de la comparación, pero el capitalismo tiene una historia propia que paso a paso toma las diferentes áreas en la creación del mercado mundial.

Aquí se funda el análisis comparado de la cuestión nacional en Europa occidental en los tiempos de Marx, en el Ochocientos de la consolidación burguesa, y en cambio en Rusia, en Asia y en el mundo colonial en el tiempo en que estaba afrontándola Lenin, al inicio del Novecientos imperialista. En la mayoría de los países occidentales esa cuestión está solucionada desde hace tiempo, señala Lenin; la sustancia del problema es «la distinción entre los países en los cuales las reformas democráticas burguesas están cumplidas y los que en los cuales no están cumplidas»:

«En Europa occidental, continental, las revoluciones democráticas burguesas transcurren, aproximadamente, entre 1789 y 1871. Este período fue precisamente el de los movimientos nacionales y la formación de los Estados nacionales. Al final de este período, Europa occidental se había transformado en un sistema orgánico de Estados burgueses y –como regla– nacionalmente homogéneo [...] En Europa oriental y en Asia, el período de las revoluciones democráticas burguesas sólo comenzó en 1905. Las revoluciones en Rusia, Persia, Turquía y China, las guerras en los Balcanes: he aquí la cadena de acontecimientos mundiales de nuestro período y de nuestro Oriente. En esta cadena sólo un ciego no puede ver el despertar de toda una serie de movimientos nacionales democráticos burgueses y tendencias a crear Estados nacionales independientes y homogéneos».

Nótese la semejanza con la tesis de Cervetto en el escrito sobre la «industrialización colonial», donde las jóvenes burguesías en lucha por la independencia se veían en su 1789 y en espera de 1848. Se trata en efecto de ver cómo nuestra política internacionalista ha retomado y desarrollado esos presupuestos teóricos de la estrategia, aplicándolos tras la Segunda Guerra Mundial en la etapa final de la «cuestión colonial». El apoyo a los movimientos de independencia de las nuevas burguesías en Asia y en África, en los años Cincuenta y Sesenta, proseguía la estrategia de la III Internacional de Lenin. Pero también la constatación de que aquella etapa se había concluido, en los años Setenta, es un desarrollo, que se apoya precisamente en el criterio de método que vimos enunciado siempre por Lenin. Considérese esta previsión de Cervetto, de diciembre de 1960, en un pasaje que ya hemos citado: «La cuestión colonial en un cierto estadio de industrialización internacional –y no se trata de muchos años, en fin– perderá su importancia específica porque en amplísimas áreas económicas las fuerzas sociales se polarizarán alrededor de predominantes y generalizadas relaciones de producción capitalistas». Considérese la conclusión de aquella reflexión poco más de unos quince años después, en diciembre de 1977: nosotros los comunistas hemos apoyado la revolución democrático-burguesa «porque desarrolla las fuerzas productivas», y eso dio a los demócratas la ventaja táctica «porque se hicieron apoyar con el propósito de eliminarnos». Pero «con el agotamiento del movimiento de independencia en todas las áreas del mundo también la ventaja táctica vuelve al comunismo, que ya no está obligado a apoyar la democracia».

La misma reflexión que Lenin dirige a la consolidación democrático-burguesa en Europa occidental aquí se aplica a las nuevas burguesías en Asia y en África, al terminar sus luchas anticoloniales. A lo largo del eje del desarrollo capitalista se han colocado paso a paso las burguesías de los Estados-nación europeos, luego las de Rusia y el área eslava –con la interrupción del intento bolchevique arrollada por el capitalismo de Estado estalinista–, finalmente las del mundo asiático y africano, arrastradas en la moderna economía capitalista también por aquellos Estados de Europa transformados en potencias imperialistas.

Esto no es todo. Durante décadas, el desigual desarrollo económico y político en las nuevas áreas hicieron de China un gigante imperialista, mientras Oriente Medio con sus recursos energéticos ha permanecido dividido políticamente y objeto de la contienda. En el artículo “El pretexto nacional en la política mediterránea”, de diciembre de 1985, encontramos indirectamente retomada la fórmula de Engels sobre los «pequeños pueblos», pero unida con la tesis de Lenin sobre las guerras balcánicas, según la cual aquellos conflictos veían ya prevalecer sobre factores nacionales «el conflicto dirigido por las potencias imperialistas». La finalización del ciclo histórico de las revoluciones democrático-burguesas no significa que quede solucionada cualquier cuestión de las minorías nacionales, sostiene Cervetto; sobre todo en Oriente Medio, se puede añadir, donde las fronteras entre los Estados son legado directo de las líneas del reparto imperialista, con una superposición de minorías y líneas de falla confesionales análoga al enredo balcánico.

Existe una cuestión de asentamiento de la población palestina, escribe Cervetto, pero «sólo después de cumplir la tarea fundamental de lucha», es decir, en una perspectiva revolucionaria, «el proletariado podrá solucionar este problema en los términos internacionalistas en los cuales ya está planteado históricamente». En términos nacionales, la cuestión está destinada a ser aferrada por la «competencia entre los imperialistas». Aquí el criterio de Engels se actualiza con Lenin en la era del imperialismo. Los palestinos, sin Estado nacional y sin el reconocimiento como nacionalidad en un Estado plurinacional, «no son una excepción»:

«En su condición se encuentran decenas de nacionalidades en decenas de Estados. No existe Estado que, en su formación, no tenga incluido, a menudo con la coerción, minorías nacionales. Sólo pocos Estados tienen reconocidas formas plurinacionales. Lo que cuenta para los Estados que se formaron en los siglos pasados por ejemplo Europa, cuenta aún más para los Estados que se formaron, en las últimas décadas, en África y en Asia. Esto significa que los factores nacionales se utilizan en la lucha entre los Estados y que aún más lo serán en futuro». Un ejemplo eran la población armenia y la kurda, esta última llegada hoy al primer plano debido a la crisis en Irak y en Siria.

Puesto que aquella «lucha entre los Estados» concernía tanto a las potencias del área como a las grandes potencias del imperialismo, ¿cómo se planteaba la cuestión de la unificación del mercado regional de Oriente Medio? Justo en diciembre de 1977, mientras la reflexión teórica argumenta el fin del ciclo de las revoluciones democrático-burgueses en las nuevas áreas, Cervetto razona en la variante de una «solución Zollverein» en Oriente Medio.

Sólo se trataba de una «hipótesis de laboratorio marxista», motivada por el «rapidísimo y apresurado viraje de Oriente Medio», leemos en los apuntes para la relación en el Congreso nacional del partido. Pocos días antes, el 19 de noviembre, con un golpe teatral el presidente egipcio Annuar el Sadat había ido a Jerusalén y había hablado en la Knéset, sancionando el inicio del proceso de paz entre Egipto e Israel. Existe la «posibilidad objetiva de una potencia de Oriente Medio», es la tesis clave de Cervetto; alrededor del eje Egipto-Israel se podía creer en una «zona de librecambio de capitales saudí-iraníes, directivos israelíes, disgregación campesina de 50 millones de egipcios y sudaneses». La unificación parcial del área alemana había empezado con el «Zollverein», la unión aduanera, y se había concluido con la «solución prusiana», es decir militar, «contrariamente a las expectativas de Marx y de Engels». En el área de Oriente Medio la solución prusiana había sido intentada cuatro veces en treinta años, pero se había resuelto «en un punto muerto de jóvenes capitalismos y en un reforzamiento de las metrópolis». La solución podía ser entonces el «Zollverein»; en las relaciones de fuerza del área Arabia Saudí e Irán eran «decisivas».

La hipótesis vuelve pocos meses después como comentario sobre los conflictos en el Cuerno de África, con un acento, sin embargo, más marcado respecto a la contienda entre los EE.UU., la URSS y Europa. Los Estados Unidos, después de la crisis de Suez en 1956, habían terminado suplantando las posiciones de Inglaterra y Francia en Oriente Medio, leemos en un apunte de junio de 1978, pero la crisis petrolífera había reabierto los juegos para el MEC, el bloque del Mercado Común Europeo. La solución de una zona de librecambio, «en vez de la prusiana imposible», podía reabrir el espacio al MEC. Sin embargo, en ese momento era Washington la que se ponía como «balanza de potencias» y «balanza militar», y «la línea Kissinger» se había revelado vencedora en Oriente Medio.

Aquella «hipótesis de laboratorio» ha permanecido como una reflexión no destinada a la publicación; si lo citamos es porque precisamente aquella variante estratégica que ha permanecido sin resultado proporciona como contraste la idea de cómo el curso general de la contienda en Oriente Medio ha alejado no sólo cualquier hipótesis de federación, sino también cualquier forma de tregua entre los actores regionales. Después de cuarenta años, década tras década precisamente la serie de conflictos regionales y luego de guerras civiles –entre Irán e Irak en los años Ochenta, con las dos intervenciones estadounidenses en Irak en 1991 y 2003, hoy con los conflictos en Siria y en Libia– ha vuelto determinante el juego de balanza estadounidense. Una marca de aquella vieja hipótesis de 1977, con la fórmula de una «unión aduanera» regional como medio para la influencia europea, ha continuado como mucho en la red de relaciones de la Unión para el Mediterráneo, en los acuerdos de asociación entre UE y siete países de la orilla Sur –Argelia, Egipto, Jordania, Israel, Líbano, Marrueco y Túnez– en la fatigosa evolución de la adhesión de Turquía a la UE.

Aquí se abre el capítulo más reciente, el de Oriente Medio en la «nueva fase estratégica». Hace diez años, para enmarcar el «inédito estratégico», la condición sin antecedentes determinada por la irrupción de China como potencia imperialista, habíamos resumido las tres etapas del desarrollo de la estrategia revolucionaria que hemos tratado de exponer:

«El eje estratégico ya no es la conexión entre la lucha de clase y revolución burguesa en Alemania y en Europa, como lo fue para Marx y Engels, o la conexión de luchas interimperialistas y las revoluciones burguesas en las nuevas áreas, como fue para Lenin. Por primera vez, respecto a la experiencia histórica de Marx, Engels y Lenin, la cuestión nacional desaparece del cuadro de las relaciones que la acción combinada del partido internacional debe conectar. La conexión global de las luchas entre las clases y de las luchas entre los Estados se desenmaraña totalmente en el terreno de las contradicciones imperialistas, en un mercado mundial realizado y en un sistema mundial de Estados que por todas partes refleja la consolidación mundial del desarrollo burgués». Excluíamos entonces, y lo confirmamos, que las crisis de los denominados «Estados fallidos» pudiesen reabrir la perspectiva de un apoyo de la estrategia proletaria para instancias democrático-nacionales.

La cuestión que nos interesa es que el nuevo capítulo, la «nueva fase estratégica» marcada por el tamaño continental de China y por la integración de Europa, tiene dos consecuencias para la contienda en Oriente Medio. La primera. También para la burguesía, señalábamos en 2004, «la cuestión a la orden del día ya no es más el instrumento estatal nacional para la propia acción». Por eso se le planteaba a los sectores del imperialismo europeo «la cuestión de la insuficiencia del tamaño nacional en la contienda, a raíz del emerger imperialista de los gigantes asiáticos». Y por eso se le planteaba «a todas las potencias» la cuestión de la eficacia de sus poderes estatales. La «crisis de la soberanía» no sólo es europea. Se comprende cómo para las burguesías de Oriente Medio, en problemas durante décadas para estabilizar sus sistemas nacionales y en el desastre a la hora de buscar una agregación regional, el nuevo nivel de la potencia estatal continental se haga inalcanzable a menos que una ruptura catastrófica del orden global haga estallar el juego de balanza imperialista.

La segunda consecuencia. El declive relativo de los Estados Unidos pone en discusión su capacidad de ejercer y garantizar la balanza de potencia regional, tanto que en la contrariedad de la retirada de Irak y en las crisis posteriores a las «primaveras árabes» se puede leer por lo menos la erosión política de su capacidad de influencia, no se sabe si temporal o permanente. Eso también pone en cuestión a Europa, en los enigmas de su centralización en la política exterior y militar, pero sobre todo hace vislumbrar un peso multiplicado para China y para la India, proceso por otra parte en marcha. No sólo quedarán abiertas todas las contradicciones de Oriente Medio, sino serán todavía menos solucionables en el nuevo rasgo de la contienda entre potencias continentales, con las oscilaciones imprevisibles de la balanza engendradas por la entrada abierta de los gigantes asiáticos.

El área permanecerá siendo generadora y exportadora de violencia. El internacionalismo comunista será más que nunca una necesidad práctica.

Lotta comunista, febrero de 2014
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