domingo, 19 de julio de 2015

Irán en el umbral nuclear según Henry Kissinger

El Internacionalismo/Lotta comunista, Abril 2015


Henry Kissinger en World Order, orden mundial, dedica una parte del capítulo sobre Irán a la «proliferación nuclear en Oriente Medio, donde se delinea según su opinión una modificación de la balanza en la región potencialmente «histórica». Aunque esté travestida en términos de capacidades científicas y técnicas, escribe, «la cuestión está en el corazón del orden internacional», frente a la prospectiva «de una carrera atómica en la región más volátil del mundo». 

En los años de la guerra fría, la disuasión podía calcularse porque la confrontación abarcaba «sólo a dos superpotencias nucleares», los Estados Unidos y la URSS. A medida que más actores disponen del arma atómica, «el cálculo de la disuasión se hace más efímero y la propia disuasión menos confiable»; es más difícil comprender a quien están dirigidas amenazas y contra-amenazas y «sobre la base de qué cálculos». Tres presidentes norteamericanos de ambos partidos y todos los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania habían declarado «inaceptable» un Irán atómico y habían pedido un bloque «incondicionado» contra el enriquecimiento del uranio necesario para construir las armas.

Dos presidentes habían añadido que con este objetivo «ninguna opción» estaba excluida, alusión a un ataque militar preventivo. Sin embargo, la posición occidental ha ido suavizándose progresivamente, mientras Teherán ha pasado de las iniciales 130 centrifugadoras para enriquecer el uranio en 2003 a las 19.000 actuales. Un acuerdo que reduzca las centrifugadoras al nivel de un programa nuclear civil abriría el camino a «un cambio fundamental de las relaciones de Occidente con Irán», escribe Kissinger, sobre todo si estuviese unido a un consenso para limitar «las oleadas del extremismo militante chiita y sunita» que amenazan a la región. No obstante, un acuerdo no debería dejar a Irán en la condición de «potencia nuclear virtual»; tanto si Teherán construye materialmente las cabezas como si mantiene la capacidad de hacerlo en pocos meses, «las implicaciones respecto al orden regional y global serían comparables». Los rivales regionales de Irán se verían impulsados a programas de rearme nuclear propios; «crecería de modo significativo» el riesgo de un ataque preventivo por parte de Israel.

La cuestión clave se sitúa en el terreno estratégico y tiene una implicación conceptual, como es típico en el pensamiento de Henry Kissinger. En política exterior Teherán tiene un esquema ambivalente; a la tradición de un Estado «westfaliano» de huella europea se superpuso a partir de 1978 la retórica de la «Yihad» chiita y del empuje fundamentalista que rechaza el orden internacional vigente: «Irán tiene que decidir si ser un país o una causa».

Ya en febrero, en un testimonio en la comisión de Defensa del Senado estadounidense, Kissinger había denunciado la transformación sufrida por las negociaciones, pasadas del objetivo de «negar a Irán la capacidad de desarrollar una opción militar nuclear» a las de contener «la amplitud de dicha capacidad» dentro del límite temporal de un año antes del supuesto punto de «breakout», el momento en el cual los misiles serían armados con las cabezas atómicas. Con lo cual, era la conclusión, las negociaciones habían pasado del objetivo de «prevenir» la proliferación a las de «administrarla».

En el Wall Street Journal, una intervención de Kissinger junto con George Shultz, secretario de Estado en los años Ochenta con Ronald Reagan, confuta totalmente el acuerdo marco alcanzado en Lausana en la mesa de negociación 5+1 (los miembros permanentes del Consejo de Seguridad más Alemania), precisamente a partir de aquel vuelco del concepto de negociación. Continúa con una sistemática puesta contestación de la línea de la Administración Obama; la seguimos en una decena de frases principales.

Primero, precisamente, el vuelco de las negociaciones. Negociaciones iniciadas hace doce años para «prevenir» la capacidad iraní de desarrollar un arsenal nuclear, terminan con un acuerdo que «concede» esa capacidad. Teherán ha invertido gradualmente el sentido de la negociación.

Segundo, las sanciones. Una vez anuladas, restaurarlas en caso de violación de los acuerdos por parte iraní requeriría una nueva decisión del Consejo de Seguridad de la ONU, con el poder de veto por parte de Rusia y China. En una nueva confrontación sería Washington la que se arriesgaría «al aislamiento», y no Teherán.

Tercero, la proliferación. A ojos de los principales protagonistas políticos en Oriente Medio, los Estados Unidos aparecerían con la intención de conceder una capacidad militar nuclear a la potencia que consideran su principal adversaria: muchos intentarán obtener una «capacidad equivalente». Según el Wall Street Journal, se trataría de Turquía, de Egipto, de Arabia Saudí, tal vez de algunos de los Emiratos del Golfo en desacuerdo con los saudíes, además de Israel. Una proliferación a seis potencias en Oriente Medio, siete considerando también a Pakistán en la ecuación regional.

Cuarto, la disuasión no puede calcularse jamás. En un Oriente Medio «proliferado» y convertido en «rehén de un grupo de Estados en el umbral atómico» ¿qué concepto de «disuasión nuclear» y de «estabilidad estratégica» sería todavía posible? Las doctrinas de la disuasión «suponían la existencia de protagonistas estatales estables»; ¿cómo traducirlas en una región donde patrocinar a la guerrilla es una práctica común y la estructura de los Estados está bajo asedio?

Quinto, la incógnita de la protección al frente sunita. La oferta de un «paraguas nuclear estadounidense» a las potencias sunitas se define con dificultad. ¿La garantía sólo se referiría a un ataque nuclear o también a uno convencional? ¿Qué hacer si las armas nucleares fuesen empleadas como «chantaje psicológico»? ¿Y cómo estas garantías podrían ser formuladas, en relación a la «opinión pública» estadounidense y a los procesos constitucionales de los Estados Unidos?

Sexto, la falta de un linkage estratégico. Un Irán que volviese a ser un socio de los EE.UU. sería bienvenido, pero eso requiere una definición común de los objetivos estratégicos para la estabilidad regional, de lo cual no hay huella: «si los límites políticos no están unidos a las restricciones nucleares», un acuerdo que libere a Teherán de las sanciones corre el riesgo de reforzar los esfuerzos hegemónicos iraníes.

Séptimo, las ilusiones sobre el cambio de régimen en Irán. En los EE.UU. hay quien sostiene que los temores estratégicos son secundarios, porque el acuerdo será una etapa «hacia la consiguiente transformación interior de Irán». Kissinger y Shultz se refieren a las tesis clásicas del wilsonismo democrático, y quizás a la línea de Z. Brzezinski. La réplica es cáustica: «¿Qué nos garantiza que seremos más perspicaces a la hora de prever la evolución interior de Irán respecto a Vietnam, Irak, Siria, Egipto o Libia?».

Octavo, la entrada de otras potencias. Sin un vínculo condicionante entre el acuerdo sobre la cuestión nuclear y los equilibrios en la región, precisamente un linkage, los tradicionales aliados de los Estados Unidos deducirán que Washington intercambia un acuerdo temporal con el asenso a la hegemonía iraní. Ellos intentarán crear su balanza nuclear, y si es necesario «hacer intervenir otras potencias para que sostengan su integridad».

Noveno, la imposibilidad de una retirada de la balanza regional. Circula la sugestión de que el acuerdo abrirá el camino a un repliegue estadounidense, con el objetivo de «disociar a los EE.UU. de los conflictos de Oriente Medio», sostienen los dos exsecretarios de Estado. La observación es claramente polémica con la línea del «retrenchment» atribuida a Barack Obama. Según Kissinger y Shultz, apenas el frente sunita comience a reaccionar contra el ascenso chiita será más probable el efecto opuesto: «Oriente Medio no se estabilizará por sí mismo, ni una balanza de potencia surgirá naturalmente de la competición entre iraníes y sunitas». Si esto fuese el objetivo estadounidense, «la teoría tradicional de la balanza de potencia sugiere la necesidad de sostener a la parte más débil, no a la potencia en ascenso o en expansión».

La conclusión, décimo punto, es que Washington tiene que desarrollar una «doctrina estratégica» para la región y que la estabilidad del área «requiere de un papel activo estadounidense». El prerrequisito para que Irán vuelva a ser legitimado es que Teherán «acepte limitaciones a su capacidad de desestabilizar a Oriente Medio y de desafiar el orden internacional». Sin este concepto estratégico, el acuerdo nuclear se agravaría, en lugar de solucionar, los retos globales generados en la región.

Queda por comprender el objetivo de una requisitoria tan impetuosa, desde el momento en el que el desplazamiento de las negociaciones hacia la «gestión» de Irán como «potencia nuclear virtual» parece ya de hecho. Eso implica la intervención, incluso en la forma de pronunciamiento de dos exsecretarios de Estado, y aparece como una acción política finalizada que pesará en la dialéctica entre presidencia y Congreso. Es cierto, sin embargo, que el horizonte al cual miran Kissinger y Shultz no puede limitarse al debate en Washington, una confrontación, entre otras cosas menos, comprensible por el arranque de la carrera presidencial de 2016. El acuerdo marco alcanzado en el ámbito 5+1en Lausana ha sido, para todos los efectos, multipolar: además de los EE.UU. están involucrados China, Rusia y Europa, a través de Berlín, París, Londres y el Alto representante de la UE.

En el lapso de pocos días después de Lausana, Berlín ha divulgado la noticia del suministro de un submarino a Israel, el último de seis destinados a la reconfiguración en submarinos de las fuerza nucleares israelíes. Una señal a Irán, señala la Frankfurter Allgemeine, de que Israel dispone de una disuasión con una capacidad nuclear para dar segundo golpe. Desde Rusia un anuncio que parece una réplica: Moscú considera que ha perdido fuerza el embargo sobre los suministros militares, y estaría dispuesta a suministrar a Teherán el escudo del sistema antimisiles S-300. Finalmente una intervención en el New York Times del ministro de Asuntos Exteriores iraní Mohammed Zarif debe considerarse sin duda una respuesta directa a Kissinger y Shultz. La oferta es un «diálogo regional», basado en el «respeto a la soberanía, integridad territorial e independencia política de todos los Estados, inviolabilidad de las fronteras, no interferencia en los asuntos interiores, solución pacífica de los conflictos y exclusión de la amenaza o del uso de la fuerza». El área de referencia es el «Gran Golfo Pérsico» en sentido amplio; Zarif reivindica para Irán una política exterior «holística por su naturaleza».

Un concepto estratégico estadounidense sobre Oriente Medio, es lo que pide Henry Kissinger, que involucra a todos los contrayentes del acuerdo de Lausana. Incluida Teherán.

Lotta comunista, abril de 2015

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