Carlos E. Lippo, Ensartaos, 04/01/2017
El pasado 23 de diciembre Juan Manuel Santos, presidente de Colombia, anunció que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) había aceptado el acuerdo de cooperación militar que le hubiese solicitado su país. En esa ocasión señaló, henchido de orgullo y complacencia, como corresponde a alguien de tan diminuta estatura moral, que: “… tal objetivo lo tenía desde que era ministro de Defensa, radicamos la solicitud hace nueve años para hacer un convenio de cooperación que es la máxima instancia que tiene la OTAN” (1).























